Lo primero que requiere el visionado de El árbol de la vida es saber lo que te vas a encontrar -no meterte en la sala porque salen Brad Pitt y Sean Penn-, haber dormido perfectamente la noche anterior y no haber realizado previamente al pase una comida copiosa. Con estos preparativos ya estarás en condiciones de disfrutar -o padecer- esta película excesiva en forma, fondo y metraje que -a pesar de su taquilla- es la menos comercial que se ha hecho recientemente.

Malick nos sumerge en su Waco natal, en la década de los 50, y nos hace testigos de la evolución emocional de una familia durante todos los estratos de la existencia y de las relaciones paternofiliales: el nacimiento, el descubrimiento de que los progenitores no son perfectos y la misma muerte. A su vez, la vida del ser humano se conecta con la creación del universo. Éste es sin duda, el tramo más indigesto de la película, una presentación de Power Point con multitud de páginas acompañada de música de Mahler o Brahms y donde se invoca a Dios para pedirle explicaciones y nos responde algo que ya hemos oído:  que somos muy pequeños en relación a la creación pero que a través del perdón y del amor al prójimo lograremos la paz interior. Como si nos hubiéramos metido de repente en la sala de proyecciones del Planetario con un cura proselitista y evolucionista de compañero de butaca.

Como orgía técnica y visual es una película magnífica, los pequeños detalles, el manejo del lenguaje cinematográfico, decirlo todo con un plano y una mirada, es algo que Malick ha bordado. Pero es tal el ejercicio de autocomplacencia del director y es tan megalómano el proyecto que esta perfeccción técnica se vuelve en su contra y se hubiera agradecido una narrativa más convencional y que los actores no deambulen tan etéreos por la pantalla  en un extendido anuncio de Omino Bianco, lanzando frases lapidarias en un tono  de voz cercano a la psicofonía.

Mención aparte merece la parte de Sean Penn, intuímos que dando vida al propio Malick, una persona muy misteriosa poco amiga de entrevistas o de ser fotografiado. El hermano mayor y más  rebelde de esta familia new age se nos muestra en la madurez como un ser  atormentado por la culpa y la soledad en un entorno de acero y cristal hasta que cruza el umbral  de la jungla de asfalto en lo que bien podría haber sido un final alternativo de los guionistas de Lost. Incluso Sean Penn se enfadó con Malick al ver su escasa aparición en el montaje  final tras semanas de rodaje, en lo que intuyo una  batalla de egos que ganó Malick, sin duda.

En definitiva, la película merece la pena porque la exhibición de cine y maestría que realiza el director de La delgada línea roja es apabullante y fascinante, pero carga un poco la grandilocuencia del discurso, la metafísica del mensaje y si al filme se le saca punta, hay material para darle la vuelta y hacer chascarrillos a punta pala.

Lo mejor: El árbol de la vida es la apuesta más arriesgada que he visto en años en pantalla y es una lección de cine experimental, -pero experimentado- que no deja indiferente y que se puede amar/odiar al unísono en espera de que el tiempo la juzgue.

Lo peor: Que si sales del cine sin sufrir ningún tipo de relexión e introspección y diciendo que menudo muermazo, te acusarán de ser un palomitero sin sentido ni sensibilidad.

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