Con dos sospechosos años de retraso ha llegado finalmente a nuestras pantallas Micmacs, último filme de Jean-Pierre Jeunet. El director de la admirada por muchos- y por mí denostada- Amelie, vuelve a sus fueros y a sus obsesiones en una cinta visualmente interesante pero aburrida y argumentalmente, en momentos, sonrojante. Ecos muy lejanos de Delicatessen pero sin humor negro en esta película que, a ratos es para adultos y a ratos para niños, sin ser concretamente para ninguno de los dos públicos.

Bazil es huérfano de padre por culpa de las minas antipersona, su madre enloquece por este suceso y se nos presenta actualmente como empleado de un videoclub. En un desafortunado accidente, recibe una bala en el cerebro que los médicos no pueden extraer y que, en cualquier momento, puede acabar con su vida. Como no tiene nada que perder se obsesiona con desmantelar a los causantes de sus males: los traficantes y fabricantes de armas. En esta odisea le acompañan sus propios siete enanitos, una galería de personajes extravagantes que reciclan basura y se unen a su causa.

El filme rinde homenaje al propio Jeunet y su universo trash, a los filmes de los años 40 y al cine mudo, siendo casi el protagonista uno de esos grimosos mimos que pueblan nuestros parques y plazas concurridas, en mi opinión, intimidando al personal.  Aunque pretende posiblemente emular a Buster Keaton, Charles Chaplin o Harold Lloyd, Dany Boon se queda en histrión sopazas.

El plan de los freaks para acabar con los traficantes es muy infantil y tedioso en su desarrollo. La pandilla de recicladores es tan feísta que es cargante y no les coges cariño alguno y los malos son tan malos que hasta tienen gracia.  Lo que no se puede negar es que Jeunet ha forjado un universo propio y que las obsesiones del director de La ciudad de los niños perdidos han dado hasta nombre a un término: la distopía retrofuturista. La atmósfera es envolvente pero 105 minutos de excelente factura técnica y visual son demasiados y saturan para este cuento de hadas vacuo y sin sentido que plantea soluciones estrambóticas y quijotescas a problemas reales.

  • Lo mejor: La escena de Bazil en el videoclub sorbiendo un quesito de ‘La vaca que ríe’ y recitando los diálogos de ‘El sueño eterno‘.
  • Lo peor: Las ganas que dan de darle al protagonista un euro para que se largue a molestar a otra terraza.
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