Muchas veces he comentado que hay películas que hacen que recaiga cualquiera en el alcoholismo y la politoxicomanía. Son filmes que cuando te quejas de que son muy crudos o tristones, algún iluminado maduro te dice: ‘Es la vida Reser, las cosas de la vida’.

Efectivamente, La familia Savages trata de las cosas de la vida. De las cosas tristes, inevitables y más dramáticas de la vida: cuando los padres enferman, no pueden valerse por sí mismos y los hijos tienen que cambiarles los pañales. A esas cosas, que -o nos han pasado ya lamentablemente- o nos van a pasar inexorablemente en un futuro, no dedicamos ni medio minuto a reflexionar y por eso sonreímos y eso.

Esto es lo que cuenta la película, con escaso humor, muy crudamente, con mucha violencia psicológica. Los dos hermanos –Phillip Seymour Hoffman y Laura Linney, magníficos ambos y en el caso del primero es un epíteto-, cuyas vidas rozan el ‘looserismo’ más absoluto son los que se ven envueltos en este gerontodrama que, aunque muy recomendable, yo no me recomiendo a mí misma ni a nadie que no siga las doctrinas de Masoch.

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