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Terry Gilliam me parece un genio pero su genialidad en este caso raya en la locura.  Tideland podría inaugurar un nuevo género, el cine de mal rollo. Un filme en el que no te puedes creer lo que estás viendo y te deja entre la naúsea y el bajón irremontable.

Esta peculiar ”Alice in worseland” es sucia, perversa, fea y Gilliam la sirve fría y muy poco hecha, practicamente cruda. La protagonista es una niña que convive con dos drogadictos. Al fallecer su madrastra, ella viaja con su padre en un flatulento viaje hacia la nada, a una casa en el campo. La pequeña delira, fantasea y bordea la esquizofrenia mientras le prepara a papi su inyección de vitaminas en lo que son unas escenas que herirían la sensibilidad de Charles Mason-pero no son las únicas-.

Con este panorama, la niña se convierte en una mendiga emocional y entabla relación con sus vecinos: una mujer que vive aterrorizada por las avispas y su hijo, un adolescente retrasado mental. Pero a veces es mejor estar sola que mal acompañada y su delirio psicótico se acrecienta mientras se convierte en forzada Norman Bates infantil.

Y con estos ingredientes es evidente que la película, que se deleita en mostrar a la pequeña poseída por su evasión de la realidad, hace que te pases el metraje pensando tres cosas: ‘que alguien llame a servicios sociales’,  ‘Yo si tuviera una hija no le hubiera dejado protagonizar esta película’ y ‘¿cuándo acaba esto?’

Pero no es que se pida la hora porque sea aburrida, que no lo es. Si no porque resulta insoportable ver tanto sufimiento y una situación tan miserable. Así como en El laberinto del fauno, la protagonista se encerraba en sus hadas y sus bichos para sobrevivir y la historia imaginada era de lo más atractiva, en Tideland sucede lo contrario. Es tan demente el entorno, la fantasía, los escenarios y los personajes que no se sabe qué es peor y se te encoge el estómago, el alma y el corazón.

Perdonad pero no reparé en si tenía buena fotografía, banda sonora o dirección artística, consecuencia de que apenas miré.

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