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Si en Viernes 13, Jason ocultaba su rostro tras una máscara de hockey aterrorizando a los turistas desaprensivos, en El fin de la inocencia esa misma careta cubre el rostro aterrorizado de un niño, copia imperfecta de su hermano gemelo fallecido en un accidente provocado. El filme es un Stand by me pasado por la cámara y la pluma de uno de los directores de A dos metros bajo tierra que cuenta una historia de iniciación traumática y de niños con problemas adultos.

Es una grata sorpresa esta película en la que los tres protagonistas, que han compartido la experiencia de perder a otro de ellos, intentan captar la atención de los adultos que les rodean pero son incapaces de pedir ayuda de forma convencional y lo hacen con actitudes agresivas para con sus progenitores, que han olvidado antes que ellos.

El hermano superviviente hará de la venganza su motor vital, la niña se transforma en una ‘lolita’ que intenta seducir a los pacientes de su madre, una psicoterapeuta. Mientras, el ‘piraña’ del grupo, abjura de los carbohidratos e intenta que el resto de su familia siga su ejemplo de forma sádica.

El filme tiene una realización impecable, una atmósfera de ‘off ‘ cinema que recuerda a la de la serie de culto mencionada y que los que -a pesar de su desatendida programación- la siguieron, no deben perderse. Una historia universal, muy humana, de inteligentes diálogos y reflexiones, con pinceladas de humor que relajan el ambiente y unos niños que actúan tan bien que se te olvida que lo son. De obligado visionado y con riesgo de desaparecer de los cines entre los villanos del zodiaco, del mar caribe y demás superproducciones.

Si no os fiáis de que es una apuesta segura, aporto -amén de mi opinión- como garantía la obra anterior de Michael Cuesta, L.I.E.,  un retrato honesto y realista de la vida de un adolescente en los suburbios. Pásalo.

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