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Tras la excelente Historias mínimas, pocas películas argentinas me han entusiasmado –El abrazo partido, quizá- y Ciudad en celo no es una excepción. A pesar de que supera en calidad a comedias recientes como ¿Quién dice que es fácil? no llega a convencerme del todo este tango filmado pero quizá es que tengo hartazgo fílmico de argentinos parlamentando sobre relaciones de pareja.

El director nos sitúa en la mesa de un boliche de la calle San Telmo,en plena efervescencia primaveral. Los clientes habituales del establecimiento disertan y reflexionan sobre las mujeres de su vida y de veinte minutos -más o menos-. Los protagonistas son un guionista que frisa los 40, su amigo que regenta una tienda de marcos y el dueño del bar que les ha prohibido hablar de fútbol o de política para evitar discusiones.

Ninguno tiene pareja y parece ser que en el fondo todos la buscan.  Se les une al grupo una vieja amiga que salió con dos de ellos y con un tercero cuya presencia es más bien testimonial. Aunque el arranque es muy cómico, el devenir de la trama es más bien trágico y melancólico, de media sonrisa. El ritmo va decayendo a medida que las situaciones resultan demasiado grotescas, repetitivas o excesivamente largas -como la típica gracia macabra con las cenizas de un difunto-.

Como retrato fidedigno de la Buenos aires actual, podríamos decir que el filme es de terror. Los porteños salen mal parados con un tono machista y una superficialidad sangrante que como moraleja final viene a decir: ‘Se acabó la farra, hay que buscar una piba para el invierno y si es mullidita mejor’. Los que busquen chispeantes e inspirados diálogos, abstenerse, algunas bromas -como la de la oveja Dolly- son de paredón y otras resultan demasiado locales, uno de los principales defectos del filme.

La película es una coproducción con nuestro país y por ello aparece ‘voseando’ Nuria Gago, muy desaprovechada. El resto de los intérpretes, como suele ser habitual en los filmes argentinos, parecen sacados del bar de abajo de casa. 

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