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Javier Bardem no se conforma con hacerse la foto de rigor en los campamentos de refugiados ataviado de Coronel Tapiocca  o sosteniendo un cuenco a una moribunda en la orilla del ganges, no. Bardem, lejos de lo efímero de los flashes y de lo vacío del couché, ha producido un filme para dar voz e imagen a víctimas de conflictos olvidados o ninguneados por los medios de comunicación.

Para ello ha trabajado con Médicos sin Fronteras y ha convencido a cinco realizadores para que realicen sendos cortometrajes sobre problemas ignorados del Tercer Mundo: Wim Wenders, Isabel Coixet, Javier Corcuera, Mariano Barroso y Fernando León de Aranoa.

El resultado es Invisibles, un filme de carácter documental que lejos de ser cine de evasión, es cine de invasión -de la conciencia-. Isabel Coixet se ha centrado en la enfermedad de Chagas -producida por un parásito que causa mortalidad en Bolivia-. Javier Corcuera sigue el viaje de unos desheredados en Colombia intentando recuperar sus tierras arrebatadas por los grupos armados. Mariano Barroso nos muestra la paradoja entre salud y dinero que se produce con un fármaco poco rentable para curar la enfermedad del sueño y todo un negocio comercializado como inhibidor del crecimiento del vello.

Wim Wenders muestra los desgarradores testimonios de mujeres congoleñas que han sido violadas por las milicias y guerrillas del país y Fernando León de Aranoa intenta poner brillo en la mirada de los niños que duermen en refugios en Uganda por temor a ser reclutados en la noche y ser convertidos en soldados de papel.

Con lo expuesto, nadie se comerá unas palomitas viendo este trabajo, estremecedor donde los haya y muy lejos de seudo asaltos de conciencia más hollywoodienses como Diamante de sangre, El jardinero fiel o Babel. Estos últimos buscan además engrosar sus arcas y aquí no hay actores célebres ni efectos especiales, ni romance, ni casualidad. Es realidad cruda y dura. Bardem, que bien podría haberse dedicado a diseñar fragancias masculinas, destinará los beneficios del filme a Médicos sin Fronteras. Sólo por eso, merece la pena este atracón de injusticia que sienta como un bofetón.

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