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Si me preguntan ¿te ha gustado la última de Lynch?, diría que sí.  Si a continuación añaden ¿me la recomiendas?, la respuesta es… ni de coña!. Principalmente, porque no me gustan las represalias.

¿Y por qué esta contradicción? Porque algunas partes de Inland Empire me han entusiasmado, porque soy fan del director y me gusta cómo en esta cinta se parodia a sí mismo, porque respeto su derecho al vacile y… porque me salió gratis.

Lynch ha hecho lo que le ha salido de su delirante sesera sin tener en cuenta que al espectador -aún iniciado en su mundo- una ración de tres horas le puede resultar indigesta. La película no tiene pies ni cabeza, apunta brillantes historias que quedan como siempre en el aire y si sales de la sala dándole vueltas a este homenaje mental a Onán que has visto puedes acabar a los diez minutos en un frenopático.

Al lado de Inland Empire, Mulholland Drive y Cabeza Borradora tienen una línea argumental tan asequible como la de Yo soy Bea. Pero los momentos de los episodios de Rabbits, la actuación de Grace Zabriskie, la música, la secuencia en que la chinita cuenta la historia de su amiga que tiene un mono por mascota y un homeless le grita: ¿Por qué nos cuentas esa mierda?,  son geniales. Así podría seguir unas líneas más porque 180 minutos dan para mucho.

En conjunto, entre el suspense inicial, algo de sopor a la mitad del metraje, los giros que ya sabes que no te llevarán a ninguna parte y demás… la única conclusión es que Lynch se ha pasado un poquito ensamblando pesadillas que, como en los sueños, no tienen coherencia ninguna.  ¿Es esta película una gilipollez? no sé, es subjetivo… es un cuadro de Miró una chorrada que haría tu sobrino de cinco años?  Tú mismo.

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