shortbus.gif

Hace tres años Michael Winterbottom inauguraba con 9 songs lo que podríamos llamar ‘indie-porn’, cine independiente con numerosas escenas de sexo explícito. El filme mostraba sin tapujos el intercambio de fluídos de una pareja que compaginaba esta actividad con ir de concierto en concierto. El sexo en esta cinta -de grandes silencios- era pura exhibición al sevicio de una trama sin pies ni cabeza.

Todo lo que era superfluo y gratuito en la anterior cobra sentido en la excelente Shortbus. El director firma una comedia que bien podrían haber realizado unos sueltecitos Robert Altman o Woody Allen. John Cameron Mitchell, muestra sexo sí, pero en todo su esplendor: sexo solitario, sexo para huir de la soledad, sexo en grupo… pero como vehículo para expresar la situación emocional de cada personaje, no como impúdica excusa para mostrar carne.

El shortbus del título es el nombre que reciben los autobuses que llevan a la escuela a los niños con dificultades que necesitan más atención y el club libertino donde se reúnen los protagonistas. En este local todos pueden dar rienda suelta a sus fantasías. Allí  coinciden una pareja gay en busca de un tercero que avive su relación, una consejera sexual anorgásmica y una dominatrice incapaz de mantener vínculo emocional con ser humano alguno sin el látigo en la mano.

En general, almas perdidas y cuerpos que se encuentran. Como fondo Nueva York que, como dice uno de los personajes, es la ciudad a donde acude la gente a redimir sus pecados. Y hablando de pecados, esta película contiene montones: felaciones, eyaculaciones, cunnilingus, sodomía… nada se insinúa, es sexo en vivo.

El espectador mojigato o que sienta rechazo al contemplar pornografía no aguantará ni tres minutos de proyección. El curado de espantos disfrutará de un filme divertido que habla de todos nosotros en algún momento de nuestra vida. Pero decir que Shortbus es pornografía, es como decir que Comer, beber, amar es un filme sobre gastronomía asiática. Yo me siento mucho más herida en  mi sensibilidad cuando contemplo en pantalla grande las bacanales gore de Mel Gibson -por ejemplo- que festines genitales, pero soy así de rara y casquivana.

Quiero apuntar también que no estoy de acuerdo con las frases de reclamo publicitario de esta cinta: ‘Si Almodóvar rodase por primera vez, haría esta película’. Ni hablar. Las escenas más o menos atrevidas de Pepi Luci Bom o Laberinto de pasiones eran pura provocación y transgresión en un momento histórico determinado. En Shortbus no hay mal gusto de ningún tipo, como no lo hay en la cama de dos amantes.

Anuncios