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Ayer tuve la oportunidad de disfrutar de una velada muy espiritual. La cita era en el Templo Hindú de Madrid, lugar cuya existencia ignoraba. Allí se estrenaba la película Darshan, el abrazo y la distribuidora, sabiendo que el periodista es un ser hambriento por naturaleza, nos regalaba tras la proyección una comida típica de la tierra.

La película resultó ser un documental sobre Amma, una mahatma india que dedica su existencia a los desfavorecidos. Lo que más me llamó la atención de esta cinta -que al cine aporta poco la verdad- es que esta señora, realiza unas veladas en las que hasta 20.000 personas aguantan cola para que les dé un abrazo.  Debo añadir que hasta ese momento, yo -que lo más cerca que he estado de las filosofías orientales fue cuando me interesé por el sexo tántrico– me estaba durmiendo. Bueno y también pensando que qué bien había hecho quitándome el piercing que llevaba en la nariz porque a ciertas edades ya no favorecen.

El filme mostraba las grandes colas que se formaban con el único objetivo de que esta suerte de teletubbie místico les estrechara entre sus brazos unos segundos. Este asunto me recordó a la campaña Abrazos gratis que recientemente se puso en marcha en España. De hecho, hace poco ví a uno de sus activistas, llevaba una pancarta que rezaba ‘Abrazar da vida al corazón’. Cuando se acercaba este chico tan mimoso a un transeúnte, la gente salía despavorida o se partía de risa. En este contraste de culturas y de necesidades afectivas de oriente y occidente pasé la tarde divagando.

Pido disculpas, este post irreflexivo de hoy es fruto de la digestión de la comida deliciosa que se nos ofreció después -y tan, tan especiada-. Me pasé toda la noche soñando con Apu.

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