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Mi reconciliación con el cine bélico no se ve próxima. Más remota es aún después de ver Banderas de nuestros padres, decepcionante derroche de Clint Eastwood alargado hasta la extenuación. Si no hubiera sido por los disparos de las colosales escenas de trinchera, hubiera pasado su metraje dormitando tranquilamente.

A mí me encantan las pelis de Clint Eastwood -sobre todo Mystic River– pero esta no me convence. Esencialmente porque las teorías que desarrolla me interesan tanto como las de los contertulios de Friker Jiménez sobre las caras de Belmez. El filme cuenta que la foto en la que seis soldados americanos sostienen una bandera en  Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial -un símbolo de la victoria aliada en el conflicto-, estaba manipulada.

Esta premisa la expone Eastwood tantas veces a lo largo del filme y tan masticada, que dan ganas de levantarse y gritarle que a la primera lo habíamos cogido. Otra cosa que no me ha gustado nada -que achacaré a la mano de Spielberg en los créditos-, son los detalles lacrimógenos de las madres de los soldados, el padre agonizante… Pero hay una escena…. sin perdón y de patíbulo: un soldado agasajado es incapaz de comerse un merengue blanco con la imagen de marras chorreando sirope de fresa. Obvia alegoría de la sangre derramada que más que conmover, indigna.

Sólo me gustaron dos cosas. La primera es que me recordaba en la forma de desmitificar a los héroes a una de las escasas películas del género -aunque es más bien pos-bélica- que me encantan: Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler. Lo segundo, que aprecio que la fotografía y la ambientación son excelentes y visualmente muy atractivas. Aunque claro esto es lo que se dice siempre que una película te ha parecido un muermo. Clint, a ver si en la próxima me alegras el día.

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